
Para mi no podía haber un futbolista peor que él. Un poco injusto, ¿no? Pero así es la vida. Cuando estabas echando una pachanga en el parque y alguien fallaba una ocasión cantada ante la portería levantada a base de chaquetas todos gritábamos: “Eres Abreu”. Yo mismo era considerado un Abreu. Porque ese apellido se convirtió en sinónimo de paquete. La televisión convirtió a Washington Sebastían Abreu en el peor delantero del mundo. Al menos así lo fue durante un tiempo en España.
El Día Después se convirtió enseguida en uno de los programas deportivos de referencia en aquellos años noventa. Yo cruzaba los dedos para poder verlo, porque mi padre, a pesar de ser futbolero, prefería ver el Telediario mientras cenábamos en vez de disfrutar de aquel programa que nos enseñó que no todo está inventado. Nunca entendí que mi progenitor eligiera el Telediario no sólo antes que El Día Después, si no también antes que a una joya como Primos Lejanos. ¿Primo Larry o la guerra de Irak? Para un chaval de doce años no había dilema.
Como una de las cosas que formaban parte del ADN del programa era el humor, en una de sus emisiones de 1996 nos regalaron aquella mítica retransmisión del no gol de Abreu: “Silas para Montenegro”, decía el narrador hasta que la pelota le caía al uruguayo y se empezaba a escuchar al periodista como un loco dando por hecho el gol hasta que no se sabé por qué decisión de los dioses, el bueno de Sebastián Abreu erró. Que panzada de reír para un jovenzuelo de 12 años. Y que de veces repetíamos la narración en el patio imitando de manera lamentable el acento argentino.
Lo más gracioso de todo, es que un par de años después, cuando el gol de Abreu ya no estaba en boca de todos, a Lendoiro se le ocurrió ficharlo para el Deportivo de la Coruña en 1998. Y hablamos de un Dépor con futbolistas como Djalminha, Fran, Mauro Silva. Manos a la cabeza y de nuevo risas. El Súper Dépor había fichado al peor delantero del mundo. Y las cosas como son, 3 goles en quince partidos no sirvieron para acabar con la leyenda. Eso sí, uno de ellos se lo marcó nada más y nada menos que al FC Barcelona.
No sería la única experiencia de Abreu en el fútbol español. Una Real Sociedad en Segunda División con Juanma Lillo como entrenador, apostó por el mítico ariete que tantas risas despertó en su día. Lillo ya conocía a Abreu porque lo había dirigido en el paso de ambos por el fútbol mexicano. El rendimiento de nuestro querido jugador no estuvo nada mal. Tan sólo disputó 18 partidos con la camiseta donostiarra, pero logró once goles que no servirían al equipo vasco para volver a Primera División.
Pero la realidad de Sebastián Abreu era otra. Que su apellido se convirtiera para muchos en la mejor manera de calificar a alguien como un tuercebotas, no iba de la mano del rendimiento de su carrera. Abreu acabó siendo un respetado delantero, que jugó en 32 equipos profesionales y presume de tener el récord Guinness gracias a ese afán por hacer mudanzas a lo loco.
Su apodo de ‘Loco’ le viene ni que pintado. Por lo menos, cada vez que vemos a un jugador patear un penalti a los Panenka nos llevamos las manos a la cabeza pensando que algo no va bien en el cerebro de una persona. Abreu se convirtió en un especialista en el ‘Panenkismo’. No por analizar el fútbol desde un punto de vista objetivo, sosegado y marcado por la importancia del análisis táctico o por interesarse por historias que relacionen al deporte rey con la política o el movimiento LGTBI. Más bien por tirar penaltis a lo Panenka. Lo ha hecho en varias ocasiones, pero el momento que ha quedado para el recuerdo es el gol en una tanda de penaltis con la camiseta de Uruguay. Eran los cuartos de final del Mundial de Sudáfrica y los uruguayos llegaron a los penaltis ante la selección de Ghana. Abreu, con todo el cuajo del mundo, agarró la pelota del lanzamiento definitivo, lo puso en el punto de penalti y se marcó un ‘Panenka’ que puso a Uruguay en las semis del Mundial.
Así es, el peor delantero del mundo resultó no serlo. No entrará nunca en una lista con el top 10 de la historia, ni nadie se pegará en un bar preguntándose si el mejor nueve de la historia fue Ronaldo el gordo, Cristiano, ‘Torpedo’ Müller o Sebastián Abreu. Pero ya nadie osará llamarle a alguien Abreu cuando falle un gol a puerta vacía.

