
No sé si alguno conocéis el juego ‘Muerto o no muerto’. Es una página web en la que unos chavales han montado un jueguecito en el que van apareciendo imágenes de personas famosas y tú tienes que decir si están vivos o no. Suena macabro, pero aseguro que es adictivo. Y te apaña bastante bien, y perdón por usar así la palabra, ratillos muertos. La mecánica del juego es sencilla, pero ojo que te vas a encontrar con gente muerta y que tu pensabas que seguía tan campante haciendo películas, cantando sus canciones y jugando al balompié. Y además, la gente de ‘Muerto o no muerto’ están al quite. Si hoy muere un famoso, tranquilo que actualizan al momento.
Si os digo la verdad, hace mucho que no juego. Pero me acordé de él recientemente por un tema futbolero. En concreto por algo que me sucede a mi de vez en cuando y que no sé si os pasará a los demás. Hay veces que escucho el nombre del jugador, o le veo directamente y me quedo bloqueado unos segundos porque para mi esa persona ya no estaba entre nosotros. No es que piense que ese futbolista estuviera muerto. Simplemente mi mente lo borró. Por lo tanto, es como si ese jugador nunca hubiera existido. Algo así como si existiera una especie de limbo que da cobijo a según que profesionales de este deporte, que por las razones que sean, han dejado de estar en el foco mediático.
Me di cuenta de todo esto hace ya algunos años con un partido del Real Madrid. En un momento dado, la realización pinchó la cámara que estaba enfocando al banquillo. Supongo que algo no iría bien dentro del terreno de juego y el realizador quiso incidir en que alguno de aquellos suplentes era la alternativa necesaria para que el entrenador de turno cambiara el rumbo del partido. El caso es que entre todos aquellos tipos sentados en esos asientos de Fórmula 1, mi atención se fijó en un muchacho imberbe, con pelito de universidad privada y con carilla de buen chaval. Hubo una fracción de medio segundo en la que me invadió el desconcierto. Cómo sabiendo quién era aquel tipo bien parecido, pero a la vez, con la duda. De repente mi mente poco educada nada dijo “Coño, Álvaro Odriozola”. Efectivamente, aquel lateral derecho que fichó el Madrid de la Real Sociedad. Gran promesa que pasó sin pena ni gloria por el Real Madrid y que mi mente había mandado al famoso limbo de los futbolistas olvidados.
La pasada temporada sufrí el mismo síndrome. Debía estar escuchando la radio o algún podcast y de repente una voz dijo que el Girona había fichado a Bryan. Pensé que el frío bávaro había helado las ideas futbolísticas del joven Bryan Zaragoza y que el Bayern había tenido la idea de ceder a su reciente apuesta para que jugará en un equipo español y que además disputaba la Champions. Cuál fue mi sorpresa cuando Bryan realmente era Bryan Gil. “Ostia, es verdad, que este tipo existía”. Eterna promesa que nos deslumbró con el Éibar y las categorías inferiores de la Selección, pero que se marchó un poco a lo loco al Tottenham y desde entonces ha sido un quiero y no puedo. De estos que cada vez que llegan a un sitio nuevo enganchan dos partidos seguidos buenos, todos los aficionados se vienen arriba y al tercer partido se desinfla y otra vez al limbo.
Todo este rollo que acabo de soltar viene por algo. Estaba yo escuchando la semana pasada La Pizarra de Quintana y los cuatro que presentan el programa hablaban de los máximos goleadores de varias selecciones y de jugadores en activo que pudieran acabar desbancando a los actuales. Cuando llegaron a Brasil y nombraron a los candidatos en activo, mi mente (de manera totalmente involuntaria), viajó al limbo de los futbolistas olvidados y rescató el nombre de Gabriel Jesus. No porque crea que vaya a desbancar a Neymar (Dios me libre). Simplemente recordé que existía. Creo que ya he hablado de él alguna vez y probablemente destaqué que siempre le veo tristón. El pobre tiene carita de pena cuando marca, cuando asiste, cuando es titular, cuando es suplente, cuando falla un penalti, cuando mea sin manchar la taza. Hace un par de temporadas lo fichó el Arsenal y tuvo su momento de resurrección. Le duró poco. Que por cierto, antes de irse a Londres, sonó para el Real Madrid, pero supongo que alguien tiró del freno de mano a tiempo.
Me imagino que el limbo de los futbolistas olvidados debe de ser un sitio frío. Probablemente oscuro. Una especie de vestuario de instalación municipal decadente, con unos bancos carcomidos y con la pintura desconchada. En ellos, están sentados un montón de jugadores con la equipación de su actual club, a pesar de que nadie tiene claro que forman parte de esas plantillas. Futbolistas que algún que otro futbolero no sabría que decidir si les apareciesen en el juego de ‘Muerto o no muerto’.

